Tumbado en mi cama escuchaba como
dos personas discutían en la planta baja. No paraba de escuchar discusión tras
discusión. ¿Cómo pueden sacar tantos trapos sucios solo por que el perro se ha
escapado, o porque la comida estaba sosa? No podía aguantar ni un segundo más
si esto seguía así tendría que explotar, aunque cuando yo explotaba mi ira
brotaba mucho más fuerte aun que si me pegaran una paliza. De modo que antes de
que pasase algo de lo que me pudiese arrepentir salte de mi cama y cogí mi
mochila gris. Abrí los barrotes de mi azotea e intente saltar a casa de mi
vecino, donde estaba mucho más bajo para poder saltar a la calle sin hacerme
daño en el tobillo, el cual tenía lesionado de un mal porrazo al desahogar mi
rabia contra un árbol días anteriores.
Tras bajar con sigilo me dirigí al parque que estaba justo al final de mi calle. Me senté en un banco y mientras escuchaba música para intentar dejar de pensar en algunos gritos que seguían en mi cabeza, saque de la maleta un cuaderno rojo, muy grande y viejo medio roto donde solía escribir las poesías que tanto le gustaban a mi madre y los relatos que tanto le enorgullecía leer a mi padre en su tiempo libre. Y empecé a escribir garabatos para evadirme de preguntas sin respuesta como: “¿Por qué están así?” o “¿qué ha podido pasar?” No entendía nada pero tenía que hacer algo.
Cerré mi cuaderno, me dirigí de nuevo a casa. Esta vez no pude entrar por donde había salido de modo que entre por la puerta principal.
Seguían discutiendo en el salón, estaban tan concentrados en insultarse el uno al otro que no se dieron cuenta de mi ausencia. Entre dando un portazo con la puerta del salón, un portazo tan fuerte que el cristal que tenia se desquebrajo pero sin llegar a romperse. Mis padres se quedaron mirándome.
Por unos segundos no sabía qué hacer y quede paralizado pero, mi furia podía conmigo. Me fui directo hacia la cocina. Ellos empezaron a echarse la culpa el uno al otro por mi comportamiento. Cogí un cuchillo del cajón y me puse delante de ellos. Se quedaron mirándome fijamente durante medio segundo y después los dos empezaron a gritarme que lo soltase. Mientras mi mochila estaba en mi mano izquierda, con la otra empuñaba el cuchillo con todas mis fuerzas apuntando a mi pecho. Acto seguido ellos gritaron: ¡No!
El grito inundo toda la sala y ellos se quedaron en estado de shock al ver como el cuchillo se quedaba incrustado en un gran cuaderno rojo delante de mi pecho. No dijeron nada, un silencio sepulcral inundo la sala por completo.
Mientras a ellos les temblaban aun las piernas dije: “ ¿Veis esto de aquí?, todo lo que hay escrito en este cuaderno, tanto poesías como relatos, todos son inspirados en mi familia y mis padres. Hoy he atravesado con un cuchillo todas ellas al ver como os comportabais pero la próxima vez, no habrá nada delante de mi pecho. Pues si todo sigue así, no habrá nada de lo que escribir y por lo tanto no habrá escritor que lo escriba.”
Tras bajar con sigilo me dirigí al parque que estaba justo al final de mi calle. Me senté en un banco y mientras escuchaba música para intentar dejar de pensar en algunos gritos que seguían en mi cabeza, saque de la maleta un cuaderno rojo, muy grande y viejo medio roto donde solía escribir las poesías que tanto le gustaban a mi madre y los relatos que tanto le enorgullecía leer a mi padre en su tiempo libre. Y empecé a escribir garabatos para evadirme de preguntas sin respuesta como: “¿Por qué están así?” o “¿qué ha podido pasar?” No entendía nada pero tenía que hacer algo.
Cerré mi cuaderno, me dirigí de nuevo a casa. Esta vez no pude entrar por donde había salido de modo que entre por la puerta principal.
Seguían discutiendo en el salón, estaban tan concentrados en insultarse el uno al otro que no se dieron cuenta de mi ausencia. Entre dando un portazo con la puerta del salón, un portazo tan fuerte que el cristal que tenia se desquebrajo pero sin llegar a romperse. Mis padres se quedaron mirándome.
Por unos segundos no sabía qué hacer y quede paralizado pero, mi furia podía conmigo. Me fui directo hacia la cocina. Ellos empezaron a echarse la culpa el uno al otro por mi comportamiento. Cogí un cuchillo del cajón y me puse delante de ellos. Se quedaron mirándome fijamente durante medio segundo y después los dos empezaron a gritarme que lo soltase. Mientras mi mochila estaba en mi mano izquierda, con la otra empuñaba el cuchillo con todas mis fuerzas apuntando a mi pecho. Acto seguido ellos gritaron: ¡No!
El grito inundo toda la sala y ellos se quedaron en estado de shock al ver como el cuchillo se quedaba incrustado en un gran cuaderno rojo delante de mi pecho. No dijeron nada, un silencio sepulcral inundo la sala por completo.
Mientras a ellos les temblaban aun las piernas dije: “ ¿Veis esto de aquí?, todo lo que hay escrito en este cuaderno, tanto poesías como relatos, todos son inspirados en mi familia y mis padres. Hoy he atravesado con un cuchillo todas ellas al ver como os comportabais pero la próxima vez, no habrá nada delante de mi pecho. Pues si todo sigue así, no habrá nada de lo que escribir y por lo tanto no habrá escritor que lo escriba.”


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